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De Gil Pender a Scott Fitzgerald Midnight In Paris

Gil Pender

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De Gil Pender a Scott Fitzgerald Midnight In Paris

Recuerdo que fui al cine sin saber muy bien en qué fregado me metía: mi acompañante defendía a Woody Allen y a mí solo me apetecía ver una película. «Midnight in Paris» se nos puso a tiro. Owen Wilson (Gil Pender) me gusta bastante; es un tío que me cae simpático, así que acepté. ¡Cuánto me alegro de haberlo hecho!

Recientemente la he vuelto a ver, ya con más calma, y me ha vuelto a quedar la sensación de haber sido partícipe de una historia con la que no resulta difícil identificarse. ¿Cuántos de nosotros no hemos soñado o fantaseado con echarle un ojo al pasado? ¿Cuántos no se acogen a la trágica fórmula de «cualquier tiempo pasado fue mejor»? Esta película profundiza en el tema del complejo de la edad de oro.

Dicen que el Woody Allen «de siempre» ha vuelto con esta película, que es una auténtica maravilla, que ha batido los récords del propio cineasta y un exagerado etcétera. Es cierto que la considero una delicia, un pequeño bombón visual para disfrutar cuantas veces se pueda, pero…

Ni tanto ni tan calvo

El principal problema que le veo a la película y que dejo claro en esta crítica de Midnight in Paris, aunque no me molesta demasiado, es su dicotomía. Las cosas no son blancas o negras; hay muchos tonos de por medio, pero parece que pasan inadvertidos. El final es atropellado, fácil y un pelín decepcionante. Antes, vamos a entrar en contexto, que las casas no se empiezan por el tejado.

Gil Pender es un escritorzuelo de Hollywood bastante frustrado con su trabajo. Él prefiere renunciar a los guiones frente a trabajar en su novela porque es un espíritu bohemio. Su prometida, Inez (Rachel McAdams), preferiría que mantuviera su trabajo. En París, la pareja se encuentra a un amigo especial de Inez, Paul (Michael Sheen), que es un experto pedante sobre todas las artes del mundo.

Paul es de esas personas insoportables que tienen la desfachatez de corregir a los guías, en este caso, a Carla Bruni, que hace un papel corto y simpático. Gil no lo aguanta y no acepta ir a bailar con ellos la noche que se lo propone. Él prefiere ir andando hasta el hotel para envolverse del aire parisino, pero, cómo no, se pierde. Gil está medio borracho y eso podría explicar cómo es que un coche de los años 20 se le aparece y todos sus ocupantes le invitan a subir.

El coche lo conduce a una fiesta donde se encuentra con los Fitzgerald, Cole Porter y demás celebridades de la época. Gil conoce a Ernest Hemingway, Pablo Picasso y a Gertrude Stein, entre otros. La que más impresión le causa es la bella Adriana (Marion Cotillard), como no podía ser de otra manera.

El caso es que puede regresar otra noche e interactuar con más personalidades que habitaron el París de los 20. Aquí es donde Woody Allen se gana al espectador con todas las referencias históricas, artísticas y literarias que hace con los diferentes personajes que han enriquecido el siglo XX. Desde Dalí hasta Buñuel pasando por pintores como Matisse. Pero no tanto porque le haga sentir a uno medianamente culto e inteligente, sino porque las representaciones y parecidos están muy bien logrados. Ernest Hemingway está magnífico, aunque mi favorito es Zelda Fitzgerald.

A Gil le gusta bastante Adriana y está dispuesto a acostarse con ella, pero las referencias al sexo son muy sutiles y nunca terminan de mostrarse, ni con Adriana ni con ninguna otra mujer, lo que es de agradecer. Inez, por muy guapa que sea, tiene el poder de crispar los nervios y uno se pregunta cómo es que Gil y ella están juntos si no tienen nada en común, salvo, -en palabras de Gil- que les gusta el pan de pita.

La noche donde supuestamente podrían sellar su amor con una escena de cama, aparece una diligencia tirada por caballos, lo que nos indica que vamos a dar otro salto en el tiempo. Y así es: nos vamos a la Belle Époque. Los escenarios no es que sean grandiosos, pero están bien reconstruidos y, por si nos hace falta sumergirnos en el París de finales del XIX, Allen nos lleva al Moulin Rouge, donde vemos a Toulouse-Lautrec, Gaugin y Degass.

Adriana insiste en que quiere quedarse ahí, que el París de los años 20 es aburrido, porque es su presente, y Gil, aunque parece que no puede comprenderla porque él está fascinado por esa época, sabe lo que la chica siente y no insiste demasiado en hacerla cambiar de opinión, por lo que se despide de ella. Es el momento clave donde el protagonista se da cuenta de que el pedante de Paul estaba en lo cierto: padece el complejo de la edad de oro. El presente siempre le resultará insatisfactorio porque la vida es insatisfactoria.

El mensaje no es muy profundo, en eso estamos de acuerdo, pero la manera de transmitirlo, toda la historia surrealista que hay detrás de ella, los personajes famosos, la fotogenia de París y la brillante actuación de Owen Wilson hacen que en sí la película sea «mágica». Es importante estar de buen humor para pasar por alto algunos detalles como la desaparición del detective, la manifiesta incompatibilidad entre Inez y Gil o que la gente del pasado no se extrañe ante la manera de hablar de Gil o su vestimenta. Se ve que Allen ha preferido pasar por alto esos hechos para centrarse en la bonita atmósfera de la película y el mensaje que pretende transmitir.

Cuida mucho los detalles históricos, pero no los argumentales

En cualquier caso, el final se va un poco de las manos haciendo que Gil y la joven parisina de la tienda de antigüedades se vayan juntos. Esto no implica que vayan a ser novios y a tener hijitos francoamericanos, pero da a entender algo parecido y cae en lo fácil. Algo que, por otra parte, casa con el resto de la película. También da rabia que no se vuelva a saber nada más de su ansiada novela cuyo protagonista es un retrato de sí mismo… Por eso digo que el final es algo precipitado y que hay que cogerlo con pinzas.

No obstante, la película se deja ver, promete un rato agradable y es una historia bonita. ¿Qué más necesitas?

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